Subí a un juego mecánico, ¿en qué estaría pensando?

Para algunos puede resultar muy gracioso y divertido, pero para mí nunca ha sido así. El Parque de diversiones y sus juegos mecánicos siempre me han resultado aterradores.

La insistente petición de mi hermana, desde tempranas horas de la mañana, en el bus, en la fila para pagar la entrada y a la hora de la merienda, me hizo dar el brazo a torcer. Esa tarde,  accedí a montarme en uno de esos juegos mecánicos, ¡y el peor de todos! La Torre.

Mientras hacía la fila para montarme al horrendo aparato, pensaba que realmente la gente debe estar bastante loca, para poner en peligro su vida subiendo en una máquina de ese tipo. Una torre kilométrica de metal con asientos alrededor, los cuales suben hasta el final y los sueltan en caída libre nuevamente al suelo, al amparo de Dios y los ángeles.

Pero mi subconsciente, con una voz angelical, insistía en tranquilizarme:
— Es muy seguro. Hay un sistema de frenos continuos amortiguando la caída y los pistones hidráulicos ayudan a desacelerar progresivamente, para que el impacto sea nulo. 
— ¡Mirala! — Le respondía mi voz infernal — No le hagás caso, ¡esa mierda se va soltar!

De tanta autoterapia no me pude salir de la fila a tiempo, y ya me encontraba a dos personas de las gradas, dentro de la manga hacia el satánico artificio, como vacas caminando hacia el matadero.

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Los asientos estaban dispuestos para dos personas, tomé el mío junto a mi esposa y me sujeté fuertemente el cinturón de seguridad, para no caerme por supuesto. A los pocos segundos de sentarme unas manijas bajaron de la parte superior presionando mi pecho, como dedos esqueléticos evitando un posible escape.

El sonido de un freno de aire fue el inicio del terrible camino hacia lo alto. Mis ojos pudieron ver: primero las cabezas de las personas que me animaban desde la fila, incluida mi hermana burlándose desde tierra firme. Luego vi las copas de los árboles, luego alcanzamos la altura de los juegos vecinos y seguimos subiendo mucho más, hasta ver completamente el lago y todo el parque de diversiones. 

La máquina no dejaba de subir, y subir,  y subir… mientras seguía subiendo, pude ver, la curvatura de la tierra, ¡se los juro!, ante mis ojos vi el horizonte como una curva interminable y las personas de la fila eran como hormigas atontadas por el sol. Llegamos a la parte más alta, mi corazón latía aceleradamente y no tenía forma de escapar, los dedos esqueléticos me aferraban a aquella máquina infernal.

— Todo va estar bien — me tranquilizaba mi consciencia angelical. 
— Te embarcaron ‘manillo… — decía decepcionado su contraparte.
Y ninguna de las dos vocecillas me ayudaba en absoluto.

Detrás de nosotros sonaba una música relajante, de esa que ponen en el ascensor de los centros comerciales. Pero no duró mucho, porque el operador de la máquina interrumpió la tranquilidad con una risita burlona de sonidos largos, seguido de un latido de corazón que se apagaba en cada diástole, una y otra vez sin pausa, transformando en eterno aquel momento… Risita burlona, latidos apagados… risita burlona, latidos apagados… 

Mi respiración no lograba mantener un ritmo constante, mis ojos no podían ver un punto fijo hacia aquel horizonte curvo del planeta. 

Aún hoy podría jurar que la máquina infernal se movía a merced del viento, las oscilaciones se hacían cada vez más intensas, como el mástil en la tormenta. Mis ojos no podían encontrar un punto fijo… la risita burlona… los latidos… mis latidos… las oscilaciones… mis conciencias discutiendo entre sí… la risita burlona…  latidos apagados… el horizonte…

En el segundo menos esperado, soltaron el freno que sostenía los asientos en lo alto de La Torre sin dejar nada que nos mantuviera seguros. Una caída libre, desde aquella colosal altura. Les juro que hasta mis dos conciencias se aferraron a mis hombros, paralizados por el susto. 

No hubo nada más que pudiera hacer, no lo vi venir, entré en razón cuando ya era muy tarde. Me encontraba cayendo a miles de kilómetros por hora hacia el abismo, sin ninguna posibilidad de controlar la caída. Solo pude liberar todo mi estrés y frustración con un alarido que sería el grito más fuerte jamás escuchado en ese juego del demonio. 

Tomé del poco aire que me quedaba y desde lo más profundo de mis viceras solté un chillido que traía un tanto de horror como mucho de llanto, y lo imposté desde mi diafragma…, mi garganta se calentó con la vibración de mi desmesurado grito…,  ¡el cual nunca se escuchó! Porque cuando abrí la boca para soltar la retahíla de insultos contra todo juego mecánico del averno, ¡ya estábamos en el suelo!  

No podía creerlo, no tuve ocasión para desahogar mi frustración, ésta máquina infernal me robó la posibilidad de soltar un solo grito. ¡No pude! Todo había acabado. 
Siempre lo he dicho: estos juegos son aterradores.

©️ Julio 2019, Jorge Madrigal.